octubre 7, 2014

Varados en la frontera sur

Ante el éxodo de familias y niños centroamericanos, México blindó fronteras y prohibió el uso del tren para cruzar el territorio. Aún así los migrantes continúan su camino. Escondidos e invisibles en un terreno hostil que no logra detenerlos, las y los migrantes encallados en la frontera sur tratan de encontrar las nuevas vías que los lleven al norte, en escenarios donde los riesgos y el costo se ven potenciados.

Dice que se llama Rosa. Lleva una mochila al hombro y dos medallas de la virgen colgadas al cuello. Dice que llegó a la capital de Chiapas por equivocación. Su objetivo al pagarle al “coyote” en Honduras,  era viajar por la ruta del tren: iniciar en Palenque y subir por el Golfo de México hasta la frontera con Estados Unidos.

Pero al llegar a la frontera de México y Guatemala el “coyote” les dijo, a ella y otros 14 migrantes, que tomarían carretera, pues ya no permitían subir al tren.

“Nos subió a dos camionetas y nos metimos por unas montañas. Luego de un rato, nos dijo que nos bajáramos para caminar atrás de donde había militares. Ahí nos abandonó, ya no nos recogió del otro lado del camino”, relata Rosa.

Al verse solos el grupo se dispersó. A la deriva Rosa y tres migrantes buscaron las vías del ferrocarril, el hilo guía en el camino migrante.

Un chofer de transporte público les ofreció llevarlos a Arriaga, donde sale el tren rumbo al norte, por 500 pesos cada uno. El nombre del lugar les sonó conocido. Aceptaron. Nunca supieron que Arriaga estaba cientos de kilómetros en una ruta de regreso a la frontera. A poco más de una hora de haber emprendido el viaje, el chofer les ordeno bajar y rodear una caseta migratoria, para recogerlos del otro lado. Pasaron la noche esperándolo, nunca regresó.

Caminando, y eventualmente subiendo a transportes públicos, los cuatro migrantes llegaron a la capital de Chiapas una mañana de septiembre, sin dinero y sin brújula.

Carlos Saúl, un salvadoreño de 24 años, también llegó a la capital de Chiapas, pero a bordo de una ambulancia.  Salió a mediados de septiembre de su país, pagó 3 mil dólares al “coyote” para llevarlo a la frontera con Estados Unidos.

En su país, relata, no se sabe mucho de la nueva política migratoria mexicana por eso no entendió cuando el “coyote” les dijo que buscarían una nueva ruta porque “las leyes están muy duras”.

“Seguimos en camioneta… el accidente fue de noche. Le hablaron por radio al que iba manejando, y le dijeron que habían movido el retén. Comenzó a correr mucho, iba rebasando a todos los carros. En una de esas volvió a su carril y había un camión enfrente, con las luces apagadas, chocamos. Éramos como 14 personas, solo a tres nos llevaron al hospital, del resto no se qué pasó”.

DOS

Carlos Saúl tiene una gran cicatriz que le atraviesa la frente y le hunde un poco el cráneo. Logró que del hospital lo llevarán al albergue para migrantes ubicado en Arriaga. Una vez que se recupere físicamente, volverá al camino.

“No pienso regresar”.

Cambian rutas, migración se mantiene

La historia de Rosa y Carlos es consecuencia de la nueva política migratoria del gobierno mexicano en el llamado Programa Frontera Sur, que de manera paralela a los gobiernos de Estados Unidos, Guatemala y Honduras lanzó para blindar sus fronteras con operativos policiaco-militares  y evitar el cruce de niños y familias y su posterior arribo al tren.

En septiembre la Gendarmería Nacional envió a Chiapas 301 elementos entrenados por militares y por policías especializados de Estados Unidos y otros países para participar en “operativos encubiertos y rescate” de migrantes. Ese mismo mes, llegó a la entidad  el General Germán Javier Jiménez Mendoza a reforzar el Plan de Seguridad de la Frontera Sur.  Desde entonces  un número indeterminado de militares y policías recorren la geografía chiapaneca con patrullajes, puestos de revisión fijos y móviles aleatorios, y operativos de contención de migrantes en los pueblos que siguen la ruta del tren y sobre las vías mismas.

Sin embargo, lejos de detener el flujo, el blindaje de fronteras ha provocado que las rutas cambien exponiendo a los migrantes a mayores riesgos de violencia, accidentes y  abusos. Porque, como señalaron Carlos Saúl y Rosa, el viaje continua pese a ello.

UNA

Ingeniosa, ante transeúntes y automovilistas poco acostumbrados a ver migrantes tierra adentro de Chiapas y con poco tiempo para poder explicar su situación, Rosa escribió en una cartulina:

“HOLA MEXICANO, SOY DE HONDURAS, BUSCO EL TREN, LA BESTIA, APOYAME CON UNA MONEDA PARA MI CAMIÓN”.

Visto en un mapa, desde que entraron al país Rosa y sus compañeros han dado vueltas en círculo. Entraron por la frontera noreste de Chiapas. A partir de ahí la ruta más corta para su cruzar el país, era llegar a Palenque, subir al tren y continuar por el Golfo de México. Ahora van camino al sur para tratar de tomar la ruta que pasa por el Pacífico mexicano, con la esperanza de subir al tren, aunque el gobierno mexicano no lo quiera.

La sierra, la otra ruta

David Gutiérrez es coordinador de la pastoral de migrantes en Frontera Comalapa, ubicado en la sierra de Chiapas. Laico y conocedor de las vías que utilizan las y los migrantes, explica que la sierra es el cruce más difícil del a geografía chiapaneca. Por la sierra los caminos son sinuosos, solitarios y con mayor riesgo de sufrir algún crimen.  Sin embargo, ante el blindaje de fronteras ha crecido el número de personas que están adentrándose por la sierra, según su relato.

“Es una situación bastante delicada, porque van migrando familias completas, y no hay lugares para irse albergando”, explica.

Transitar de manera independiente por esta región es prácticamente imposible por los riesgos y las dificultades para pasar desapercibidos. Los choferes del transporte público les cobran extra, los traficantes de personas les cobran cuota o los secuestran para trabajos forzados, en el caso de mujeres para la explotación sexual en prostíbulos y cantinas de Frontera Comalapa.

Para el gobierno de México, la seguridad de los migrantes se logra blindando fronteras. En su Programa Frontera Sur, señaló que para evitar riesgos en su integridad se les impediría subir al tren y se aumentaría la seguridad con patrullaje y retenes para combatir a los grupos criminales que los agreden.

DIEZ

El resultado: la desarticulación de supuestas bandas de secuestradores, pero al mismo tiempo el “rescate” de migrantes que son deportados del territorio, como ocurrió a finales de septiembre cuando de un autobús de turismo 14 migrantes fue detenido por la PGR y ellos, expulsados del país.

Los invisibles

Una gran calle principal se extiende a lo largo del poblado La Mesilla. A sus costados, decenas de hoteles y posadas se alzan por encima de puestos comerciales que lo mismo ofrecen ropa y enseres domésticos, que tarros con productos como “mariguanol”, y tiendas con letreros que dicen “armas y municiones”.

OCHO

En este poblado en los límites de Guatemala y México solo basta agacharse bajo una barra de metal conocida como “pluma” para estar de uno u otro lado de la frontera, donde hay una oficina de migración mexicana y letreros de bienvenida a cada nación. Es medio día de un jueves de septiembre, las oficinas están vacías y las calles semidesiertas.

A diferencia de otros cruces migratorios en la costa y Soconusco, aquí los migrantes permanecen invisibles, resguardados en los hoteles y las llamadas casas de seguridad en espera de que los vehículos lleguen por ellos para internarlos en México.

La imagen se repite en el poblado Gracias a Dios-Guatemala, ubicado a unos 100 kilómetros de distancia de La Mesilla, donde dentro de una caseta del INM, una persona mira televisión. Por la colinas que rodean el poblado que del lado de Chiapas se llama Carmen Khán, unos pilares blancos llamados mojones, se extienden por tramos en una línea que delimita los territorios de una manera casi virtual.

Son las 3 de la tarde de un día sábado. No hay policías, no hay retenes, no hay vigilancia.

David Gutiérrez y activistas que trabajan en esta región con mujeres migrantes victimas de trata explican en esta ruta también se incrementó el paso de migrantes.

“Aparentemente no hay nada, aparentemente no pasa nada. Pero está zona está controlada por la delincuencia organizada. Todo lo que transita y lo que sucede, está controlado”, explica una de las mujeres activistas, mientras buscamos pasar desapercibidas comprando baratijas en uno de los puestos que se extienden a lo largo de las calles.

“Para llegar al poblado Gracias a Dios, los migrantes tienen que llegar primero a Kamojá-Guatemala, y de ahí caminar tres horas hasta llegar a la estación migratoria mexicana. El problema es que en Kamojá quien manda es el crimen organizado, y entonces hay que pagar una cuota para cruzar. Esta región sólo es una opción para los migrantes que no tienen otra alternativa”, explica el activista.

La calma chicha de las vías del tren

Los improvisados puestos de comida ubicados a lo largo de las vías del tren en la ciudad de Arriaga, hasta hace poco atiborrados de migrantes, ahora lucen semivacíos. Muchos han cerrado.

TRES

Los hoteles donde a cada pitido del tren decenas de rostros se asomaban para ver si era momento de subir a los vagones, ahora tienen las ventanas cerradas. Una empleada del Hotel Iris, uno de los primeros donde policías y militares entraron en julio pasado para detener a migrantes como parte del operativo Programa Frontera Sur lamenta la caída del negocio de hospedaje y comercio. Un vendedor de gorras camina por entre las solitarias vías del tren. Asegura que antes vendía al menos 30 piezas al día, pero ahora sólo una o dos.

Carlos Bartolo Solís, director del albergue Hogar de la Misericordia, explica que en esta región donde cada tercer día al tren subían hasta mil migrantes, el flujo ha bajado.

“Antes de llegar a Arriaga muchos migrantes ya hicieron el cambio de rutas. No se ve como antes la migración. Sin embargo grupos siguen llegando y abordando el tren cuando no hay operativos”.

Cuando es evidente la vigilancia de agentes del INM, policía federal y Ejército, “los migrantes buscan seguir su ruta en autobús, o se van caminando hasta Ixtepec-Oaxaca en jornadas de 2 a 3 días”, explica.

Desde el albergue Carlos Bartolo los escucha decir “ya nos vamos” y los ve perderse en el camino, donde perderán también contacto con redes de protección y quedarán a la deriva.


Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y la siguiente frase: “Este trabajo forma parte del proyecto En el Camino, realizado por la Red de Periodistas de a Pie con el apoyo de Open Society Foundations. Conoce más del proyecto aquí: enelcamino.periodistasdeapie.org.mx”

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Ángeles Mariscal

TEXTO

Soy periodista independiente, fundadora del portal Chiapas Paralelo [www.chiapasparalelo.com] y colaboradora de CNN México y El Financiero. Presido el Colegio de Comunicadores y Periodistas de Chiapas (Ccopech). Tener en nuestro lugar de origen las condiciones para forjarnos una vida digna es un derecho, y migrar cuando esto no sucede, también lo es. Desde esta perspectiva cubro el tema migratorio.


Elizabeth Ruiz Alvarado

FOTOGRAFÍAS

Fotógrafa independiente, colaboro para Cuarto Obscuro, AFP, EFE y Xinhua. Cuando empecé a retratar a la población migrante me impresionó ver la magnitud de lo que significa, ver sus rostros al buscar una mejor vida, huyendo de la violencia y la pobreza. Quiero compartir a otros y otras esta realidad que ya no es ajena.