febrero 2, 2016

Mujeres en tránsito por México

La ruta migratoria, sórdida, traicionera, implacable, marca como fierro candente los cuerpos y deja cicatrices en las almas de las mujeres en tránsito por México. Tritura sueños. Tortura cuerpos: los somete, los penetra a la fuerza. Deshija, separa, desteta. Esa geografía del horror obliga a utilizar nuevas conjugaciones, a buscar palabras y adecuar definiciones que reflejen esos nuevos referentes que vivimos, lo que no es humano

Textos: Marcela Turati

 Videos: Mónica González

4 mujeres, 4 historias

“Deshijar” es un verbo que se aplica para animales. “Deshijar”: Apartar las crías de sus madres.

Esa es la tragedia de Heiddy Areli a quien el gobierno de Estados Unidos deportó a Honduras cuando encontró que no tenía papeles que le permitieran caminar por sus calles, respirar de su mismo aire, compartir oportunidades que su país le niega.

La separaron de su hija: “Isabella Milagros”, la bebé de dos meses de la que fue separada, la que lleva tatuada en la piel y le hace crecer ese terco deseo que la imanta hacia el norte, hacia ella, su bebé, ahora convirtiéndose en niña, que ya no puede tomar leche materna. Que come papillas artificiales.

Las políticas migratorias estadounidenses y mexicanas separan a madre e hija.

Heiddy pagó con tres meses de encierro sus ganas de trabajar, juntar dinero, hacerse de una casa. Luego no hubo súplica que valiera: fue expulsa hasta su país. Ha sido detenida en México, otra vez expulsada, asaltada, hasta quedar varada en un albergue en espera de una visa.

“Mutilar”: Cortarle o arrancarle a un ser vivo un miembro o una parte del cuerpo violentamente. Ejemplos: Una bomba le mutiló la mano.

Cortar o suprimir una parte de una cosa. Sinónimo: amputar.

Laura no pudo agarrar espacio en el techo de un vagón de tren que le acercara a la frontera. Le tocó ir parada, en la bisagra que une las piezas, haciendo fuerza contra los estertores de la máquina, hasta que le falló el equilibrio. El tren le jaló la pierna, la soltó ya deshecha. Escupió el pie de Laura en el desierto.

Las políticas migratorias que obligan a los humanos a viajar como no humanos le mutiló el cuerpo. Le amputó el deseo de seguir adelante, “para prosperar”. Espera en un albergue la operación que le permita seguir camino.

Trabajador/Trabajadora sexual. Indica el diccionario que es una persona adulta en pleno ejercicio de sus facultades que, sin coacción alguna de terceras personas para ejercer esta actividad, gana dinero u otra forma de retribución mediante el ofrecimiento de un servicio sexual.

En la definición no cabe “Raquel”, nicaragüense de belleza exuberante, sentimentalismo de niña, madre soltera con dos hijas, establecida en Arriaga, donde se dedica a dar placer.

La definición no menciona como causa de iniciación en ese oficio la expulsión del país de uno donde la comida no alcanza, el horizonte de pobreza es intoxicante y obliga a seguir adelante a salir de paso con lo que se tenga, lo que se pueda. El propio cuerpo, si es el caso.

En el cuarto que renta al pie de las vías del tren Raquel toma el pulso de la economía, de la vida, la desazón de los migrantes. Sobre una cobija con dibujos infantiles que le recuerdan a sus hijas, ella escucha el lamento de los migrantes, el quejido de los extranjeros en patria prestada, como ella.

Inyección anti-México, anti-mexicano: “Antes de entrar a México es recomendable tomar un anticonceptivo de largo efecto. Es un desesperado intento para prevenir embarazos ante las agresiones sexuales que muchas de ellas sufrirán en el camino.”

El relato de Irma, indígena guatemalteca en sus veintes, migrante por primera vez, da sentido a la existencia de la recurrida inyección que las migrantes centroamericanas usan como anticonceptivo porque los caminos en México se convierten en trampas y la osadía de pisar territorios ajenos siendo mujer se paga con ataque sexual. Con tortura sexual.

Irma se salvó de la penetración a la fuerza porque su hermana mayor, cuando se percató de lo inminente, le gritó en quechua que corriera, que se salvara. Huyó con los dos niños, sus sobrinos, se escondió en el monte, como pudo los hizo callar. Temblaban de susto.

Cuando reencontró a su hermana le notó el pantalón roto. Mintió: “No me pasó nada”. Después la delataron las pesadillas, los silencios profundos , las madrugadas sin sueño.

Intentaron estar juntas, pero no lo lograron. La justicia no atrapó a los perpetradores. Su hermana no recibió atención psicológica. Tampoco los medicamentos que necesitaba para domar el VIH. No se sintieron acogidas en el albergue que debía darles trato humanitario. La burocracia venció su paciencia y las hizo desistir de la visa humanitaria a la que tenían derecho. No irán a Estados Unidos, el horizonte se les encogió.


 Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y la siguiente frase: “Este trabajo forma parte del proyecto En el Camino, realizado por la Red de Periodistas de a Pie con el apoyo de Open Society Foundations. Conoce más del proyecto aquí: enelcamino.periodistasdeapie.org.mx”



Marcela Turati

Periodista independiente especializada en derechos humanos, conflictos sociales y víctimas de la violencia. Ha publicado en distintas revistas de México y el mundo. Fundadora de la Red de Periodistas de a Pie. Es autora del libro Fuego Cruzado y coautora de Entre las Cenizas, La Guerra por Juárez, Infancias vemos migraciones no sabemos. Ha sido reconocida con el Premio a la Excelencia de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano 2014, el premio Wola de Derechos Humanos.


Mónica González SacBé

Fotógrafa egresada de Ciencias Políticas de la UNAM.
Ha colaborado en distintos medios y revistas nacionales e internacionales.
Obtuvo la beca Fonca en la edición 2009-2010 y 2013-2014
Premio Nacional de Periodismo 2011 de Fotografía por el proyecto Geografía del Dolor. Premio Nacional de Periodismo 2006 otorgado por el Club de Periodistas de México y el IPN en categoria Fotografía Reportaje por su trabajo de migrantes en la frontera de Sonora y Arizona.