julio 2, 2015

Un refugio en tierra zeta

Todo empezó con la muerte. El asesinato de migrantes a palos y balas en Saltillo germinó la vida. Desde su creación, hace 13 años, el Albergue Posada Belén ha recibido a más de 50 mil migrantes a quienes, además de alimentar, sana y fortalece.  ¿Cómo, un lugar de terror se convirtió en un refugio para los migrantes?

1.- La muerte germinó la vida

Aquí inició todo. En este descampado a las afueras de Saltillo donde la hierba crece salvaje y, entre ella, se mantienen erguidas tres cruces de madera, pintadas de color blanco.

Era el año 2001 y guardias militarizados encontraron en las vías del ferrocarril a dos adolescentes hondureños, Delmer Alexander y David. Los persiguieron  y ellos huyeron buscando refugio en la colonia La Esperanza, pero las balas los alcanzaron.  Sus cuerpos quedaron entre los matorrales y las espinas.

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Albergue en Saltillo, oasis migrante.

2.- El albergue Belén no es una casita para comer

Antes de llegar a la comunidad, el albergue para migrantes abrió sus puertas en un par de casas rentadas, que cerraron al poco tiempo por la falta de un soporte vecinal.

En esta comunidad, lo que facilitó el recibimiento al albergue fue el trabajo que hacían las hermanas Martha y Lupita como parte de la catequesis.

Entonces las redes se fueron tejiendo. Estudiantes de arquitectura de la Universidad Autónoma de Coahuila se acercaron a apoyar con la construcción del espacio, motivados por su director. A eso siguieron los vecinos que se acercaron a donar ropa, cobijas.

El albergue no es una casita para comer. Es un territorio de refugio. El albergue nació con violencia, dice el padre Pedro Pantoja. La muerte de tres migrantes hondureños despertó la vida y este espacio, la Posada Belén, se llenó de migrantes que en su tránsito a Estados Unidos buscaban no dónde comer o descansar, sino dónde protegerse de la muerte y la persecución.

“Nuestra casa se llenó de dolores y sufrimientos, pero también de muchísimos lenguajes y rostros de esperanza y sueños, de duelos interminables, de historias de coraje y tristeza, con la dialéctica de memoria y olvido”, dice el Padre.

Eso definió el rumbo del albergue. Quienes han llegado hasta este lugar, han cruzado los caminos de muerte, secuestro, extorsión y abusos en el centro y sur del país, por eso este es un espacio para sanar el cuerpo y el alma.

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Mujeres de Saltillo, apoyo incondicional.

3.- El intercambio

Es viernes por la noche y un grupo de padres de familia sirve la comida a los migrantes del albergue. Cada viernes es así, vecinos de la comunidad o padres de los estudiantes de colegios como Cumbres y Vivir, llegan y dan comida a los migrantes.

“Empezamos invitando a los grupos de la iglesia, que vinieran a cocinar con los migrantes. Sus historias los conmovieron y se sintieron útiles apoyando, ayudando al próximo. Así las personas fueron acercándose a compartir y a escuchar sus historias”, dice la hermana Lupita Argüello.

Además de los papás, los niños del preescolar de la comunidad visitan el albergue y cantan villancicos; los de primaria lo recorren y tienen conversaciones con los migrantes, se les habla de la migración, quienes les cuentan sus historias y las razones por las cuales migran.

La hermana Lupita explica que en ocasiones los recorridos se suspenden por la inseguridad.

¿Qué les da a los migrantes y qué a la comunidad este intercambio?

–Nos damos mutuamente mucha esperanza, la comunidad ve su capacidad de generosidad, de hermanarse… tenemos un calendario lleno casi todos los días porque alguien viene a traer alimento, a dar pláticas, a reparar el espacio. Vienen estudiantes, maestros y los padres de familia que acompañaban a sus hijos en los recorridos escolares, terminaron organizándose para hacer su propia visita, que es la de los viernes que traen la cena.

Los migrantes reparten a los vecinos los nopales que aquí siembran o las manzanas cuando les llevan en exceso. También donan sangre, cuando alguna familia lo requiere, en una ocasión, en el 2006, 50 migrantes lo hicieron para un niño que nació de 5 meses, aunque cada vez más los institutos de salud ponen trabas. Que si no tienen identidad, que si tienen alguna enfermedad.

4.- Recuperar la esperanza y dignidad

Las historias que los migrantes han contado en este refugio muestran que los límites de la maldad se estiran constantemente. En sus relatos hay cuerpos colgados de los árboles, desnudos, que agarran a golpes, hay cuerpos destazados arrojados a los cocodrilos, hay miedo, hay resistencia, hay soledad.

Por eso, el albergue tiene sus puertas abiertas en todo momento. Incluso en las noches la vida del lugar se reactiva para recibir, sanar y alimentar a los recién llegados con el tren.

“A los migrantes todo se les ha negado, su casa, su identidad, su derecho a migrar y a buscar la vida, desde sus países de origen. Lo que buscamos aquí, se trata de devolverles su dignidad, después de haber caminado miles de kilómetros, ésta será su casa. Un espacio para recuperar la esperanza y el sentido de persona. Buscamos que esta estancia no sea asistencialista sino una propuesta de solidaridad radical, que los acompañe más allá de las fronteras.”, dice Pantoja.

Por eso, una de las particularidades de este espacio, a diferencia del resto de albergues esparcidos en el país, es que no hay límite de estancia. Los migrantes pueden permanecer meses, hasta que tengan las condiciones para continuar su camino o bien, decidan quedarse en México.

“En esta casa no se trata sólo de defender sus derechos y curarlos físicamente, también buscamos la reconstrucción terapéutica a tanto sufrimiento. Queremos ser un territorio libre de la crueldad social”, relata Pantoja.

En los últimos años, explica Pantoja, se ha generado un nuevo perfil migrante, “el desalentado”, que se encuentra en una encrucijada, pues no quiere seguir al norte, tampoco volver al sur. Para el Albergue éste ha sido un reto en cuanto a la asesoría profesional.

“Tenemos que crear unidad, ciudadanía e identidad, convertir la ciudad de Saltillo en Comunidad”.

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Hermana Lupita Argüello.

5.- Las amenazas

En su historia de defensa a los migrantes, el Albergue Belén ha vivido ataques y amenazas sistemáticos contra su trabajo. Desde llamadas telefónicas amenazantes, destrozos a las instalaciones por parte de desconocidos, ataques con piedras al grito de “lárguense pendejos” e intentos de ingresar a la fuerza por parte de autoridades estatales.

La lista de agravios es larga.

En el año 2005 una mujer fue asesinada en el centro de la ciudad y se culpó a un migrante centroamericano. La criminalización llegó al Congreso del Estado donde se presentó un punto de acuerdo para cerrar el albergue, que no prosperó. En el año 2010, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos emitió medidas cautelares a favor del Albergue por la intimidación y hostigamiento contra el padre Pedro Pantoja y el equipo del albergue.

En el año 2011 personas abordo de un automóvil llegaron a la puerta del lugar a amenazar al migrante encargado de la seguridad. En diciembre del 2012, al automóvil del padre Pedro Pantoja personas desconocidas le rompieron los cristales y sustrajeron documentos de la organización. Ese mismo año un periódico local publicó información diciendo que en ese lugar se refugiaban criminales. En agosto del 2013, policías del Estado (GATEs) intentaron ingresar por la fuerza y sin orden judicial al Albergue.

El objetivo del Albergue los ha obligado a profesionalizar el apoyo a los migrantes y al mismo tiempo garantizar la seguridad de quienes ahí colaboran. Una lucha constante en donde la muerte ronda, pero ya germinó la vida.

 

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Un migrante deja el albergue para intentar el cruce a los E.U.


Daniela Rea

Miembro de la Red de Periodistas de a Pie. Sus textos y fotografías han aparecido en distintas revistas nacionales e internacionales. En el 2010 participó en Expofotoperiodismo con un trabajo sobre migración. En el 2013 recibió los premios Excelencia Periodística otorgado por PEN Club México y el primer lugar en el concurso de periodismo Género y Justicia que entrega ONU Mujeres y la SCJN.


Pepe Jiménez

Fotógrafo y periodista independiente por vocación. Para mi no hay mayor privilegio y responsabilidad que la de contar las historias de aquellos que se encuentran en situación de riesgo y vulnerabilidad. Pepe ha trabajado en los Territorios Ocupados de Palestina, Haití, Africa del sur y México con distintos medios, agencias de noticias y organizaciones como la ONU y la Federación Internacional de la Cruz Roja. Actualmente es miembro de la Red de Periodistas de a Pie.