julio 3, 2014

El éxodo de los niños migrantes

Anderson coloca sus manos y brazos en la misma posición que las utilizaría al disparar una arma larga: un rifle, una escopeta, una ametralladora. No mide más de un metro de estatura, tiene 7 años de edad, pero puede hacer una recreación de la forma en que murió su padre Marco Antonio, en manos de integrantes de las pandillas de Honduras. Con esas pandillas Anderson jugaba con armas mientras le decían que lo enseñarían a matar. Hasta que el muerto fue su padre.

Anderson, su hermano Antony de 5 años, y Jeferson, de 10, forman parte de la caravana de activistas defensores de los derechos humanos, y de familias migrantes, que el pasado 1 de julio cruzó la rivera del río Suchiate –frontera natural entre México y Guatemala- para pedir se detenga la deportación masiva de niños y niñas migrantes.

¿Porqué están migrando miles de niños y niñas centroamericanos?

Porque su casa llamada país, se está incendiando, y sus padres y madres buscan desesperadamente salvarlos, responde Ramón Verdugo, activista que desde hace más de tres años empezó a dar alojo a niños que huyen de la violencia de su país, y quedan varados en la frontera sur de México. El futuro que les espera en su país de origen a los 52 mil infantes que están en Estados Unidos en espera de su deportación, y los 10 mil 505 que ya han sido regresados a Centroamérica por autoridades mexicanas, es incendiario. Y de eso dejan constancia estos tres niños hondureños que ahora marchan acompañados de Brenda, su madre.

Antony sonríe, posa para las cámaras y acepta con naturalidad sostener una pancarta con la bandera de su país mientras cruza en una balsa improvisada la frontera imaginaria que lo separa de un futuro u otro.

Está acompañado de integrantes de la Casa del Niño Migrante “Todo por Ellos”, activistas del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova, el Centro de Dignificación Humana, la Casa del Migrante La Santa Cruz y la Misión Scalabrinianas. Va custodiado de integrantes del Grupo Beta del Instituto Nacional de Migración (INM), de policías mexicanos.

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Apenas en marzo pasado las circunstancias en las que cruzó esta misma frontera en una balsa semejante, eran otras. Venía huyendo de la violencia que le mató a su padre y que amenazaba con quitarle a toda su familia.

Brenda, su madre, recuerda ese día del homicidio. Marco Antonio, su esposo, era un policía en Villa Morales, un barrio en San Pedro Sula, Honduras, la ciudad más violenta del país más violento de la región, según el número de homicidios, 187 por cada 100 mil habitantes, veinte veces más que el estándar mundial de tolerancia de homicidios. Al hombre le dispararon desde una motocicleta en movimiento, cuando se encontraba en la calle con su hijo Antony sentado en las piernas, al oir el disparo Brenda llegó a auxiliarlo y vio a su hijo Antony tratando desesperadamente de limpiar el rostro de su padre, manchado por los restos de sangre y el cerebro que le estalló con el disparo.

El retorno sin salida

La caravana “Por la defensa y la dignidad de niño y niñas no acompañados” la componen apenas unas 50 personas que pretenden visibilizar las circunstancias que originan el éxodo masivo de infantes.

La imagen de los miles de que cruzan la frontera no está en esta pequeña comitiva, sino en la balsa de al lado donde tres jóvenes de unos  12 años van solos, mochila en mano y un poco nerviosos por las cámaras de reporteros que afortunadamente no les enfocan a ellos. Va en la del otro extremo, donde un niño y una niña sujetan la mano de una mujer. Se encuentran en el parque de la ciudad de Tapachula, apenas unos 30 kilómetros frontera adentro, donde se encuentran varados provisionalmente y se mantienen de la venta de dulces, o en el servicio de limpieza. O caminando por caminos de extravío; algunos otros viajando en autobús o hasta en avión, dependiendo de los miles de dólares que sus padres pudieron conseguir para pagar a los  traficantes que conducen a los infantes.

Al cruzar el río, ya del lado mexicano, integrantes de la caravana “Por la defensa y la dignidad de niñ@ no acompañados” expusieron que ésta es la tercera ocasión que realizan una manifestación semejante, pero ahora en el contexto de expulsión masiva de infantes, sin considerar las causas estructurales que originan la migración,  expusó Lourdes Rosas, del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova.

Explicó que regresarlos a sus países de origen, a la pobreza y violencia que se vive en ellos, “no es la solución, porque volverán a intentarlo una y otra, mientras no se trabaje en cambiar de fondo las causas del origen. Y endurecer las fronteras y cerrarlas a su paso no hará más que colocar a los niños y niñas en mayor vulnerabilidad”.

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Las y los activistas que terminan la caravana en el albergue de migrantes del municipio de Huixtla, apenas 100 kilómetros frontera adentro, pidieron se impulse la creación de políticas de protección integral de la infancia, poner el interés del niño y la niña migrante por encima de cualquier acción.

“Es obligación de los Estados involucrados garantizar el sano desarrollo físico, psicológico y emocional de la infancia migrante, así como la protección de sus derechos económicos, sociales y culturales”, expusieron en un pronunciamiento público que leyeron frente a las oficinas del INM en Tapachula.

En tanto los países debaten cómo tratar la problemática, Antony, Jeferson Yafet y Anderson Daniel, dejan testimonio de que vivir en sus países de origen, por el momento, “es feo porque allá están los mareros, violan a la gente y matan, ya mataron a mi papá”.

Brenda, su madre, marcha en la caravana desesperada por conseguir una visa humanitaria, un reconocimiento de refugiada. Algo que impida la deporten a ella y sus tres hijos. Algo que les permita escapar de la violencia.

“A mi niño Jeferson los mareros llegaban a sacarlo de la casa cuando no estábamos. Le daban armas y le decían que lo iban a enseñar a matar. Si mis hijos se quedan allá (en Honduras) van a terminar en las Maras. De por sí dicen que cuando tengan 15 años van a regresar para matar a quien mataron a su papa, que van a comprar pistolas. Por eso los quiero llevar lo más lejos posible”, argumenta mientras sostiene con una mano una pancarta, y con otra la de su hijo más pequeño.


Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y la siguiente frase: “Este trabajo forma parte del proyecto En el Camino, realizado por la Red de Periodistas de a Pie con el apoyo de Open Society Foundations. Conoce más del proyecto aquí: enelcamino.periodistasdeapie.org.mx”


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Elizabeth Ruiz Alvarado

FOTOGRAFÍAS

Fotógrafa independiente, colaboro para Cuarto Obscuro, AFP, EFE y Xinhua. Cuando empecé a retratar a la población migrante me impresionó ver la magnitud de lo que significa, ver sus rostros al buscar una mejor vida, huyendo de la violencia y la pobreza. Quiero compartir a otros y otras esta realidad que ya no es ajena.


Ángeles Mariscal

TEXTO

Soy periodista independiente, fundadora del portal Chiapas Paralelo [www.chiapasparalelo.com] y colaboradora de CNN México y El Financiero. Presido el Colegio de Comunicadores y Periodistas de Chiapas (Ccopech). Tener en nuestro lugar de origen las condiciones para forjarnos una vida digna es un derecho, y migrar cuando esto no sucede, también lo es. Desde esta perspectiva cubro el tema migratorio.