diciembre 14, 2016

Buscando a una familia en territorios de pandillas

Se calcula que durante la guerrilla salvadoreña 9 mil niños fueron sustraídos de sus familias por militares. Rosa Consuelo Rodríguez fue una de ellas. Ahora, a sus 51 años y radicada en México, Rosa busca a la familia que le quitaron. Esta es su historia y la del barrio en El Salvador donde creció

CUSCATLÁN, EL SALVADOR.- Nos han dicho que ya saben que estamos aquí. Que ya saben quiénes somos y a qué venimos. Es más, si ellos no hubieran dado permiso no habríamos llegado aquí, al cantón Las Delicias, Santa Cruz Michapa, ni mucho menos estaríamos preguntando por la familia de Rosa Consuelo Rodríguez Moraga.

“Los postes (pandilleros espías dedicados a comunicar quién entra y quién sale al territorio) avisaron desde que subieron a la comunidad. Ya sabían cuántos eran, y en qué venían. Después sabrían a qué venían”, me dice alguien de la comunidad como para reforzarlo.

Es jueves 29 de septiembre del 2016, cerca de las doce de la mañana. La comunidad de Santa Cruz Michapa se encuentra dentro del departamento de Cuscatlán, en El Salvador. Es un lugar donde regularmente hay asesinatos (5 diarios en una comunidad de 12 mil habitantes) pero desde hace unos meses han habido desplazamientos forzados —los medios les llaman éxodos, el gobierno no los reconoce— de colonias enteras.

Muchos de ellos ocurridos aquí, en el cantón Las Delicias que parecería una zona fantasma sino fuera por las decenas de niños que vienen y van uniformados pues recién acaban de salir de la escuela.

Y eso que, hace un par de meses, en este lugar se inauguraron varias casas de Prevención de la Violencia con apoyo de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés) tituladas con la leyenda: Por mi barrio.

Casas que más adelante, después de salir de El Salvador, me enteraré, sirven sólo para dar clases de costura a mujeres y de carpintería a hombres, así como para dar internet gratis para tareas, pero no a todos ya que algunos chicos no podrían venir hasta ellas por la dinámica de territorialidad de las pandillas.

Por esa misma territorialidad es que cuanto más te adentras en el cantón más desolado parece volverse. Los niños con uniformes escolares te dicen “adiós” y te hacen sentir que eres un blanco fácil con el cual no se debe interactuar.

Y es así. Una de las reglas puestas por los pandilleros es no interactuar con extraños. La vida aquí pende de un hilo y la mayoría hace caso de ello. Nadie quiere ser la estadística mortuoria del siguiente día.

Una de las cosas más sorprendentes es que hasta ahora no he visto —ni veré salvo en la cabecera municipal— jóvenes entre 16 y 25 años entre la gente que camina sobre el cantón.

El corredor de luchas campesinas

Rosa Consuelo Rodríguez Moraga vive en un poblado de Michoacán, en el centro de México. Ella contó a Rubén Figueroa, miembro del Movimiento Migrante Mesoamericano, que cuando tenía 9 años, en 1974, personas vestidas de militares llegaron a la escuela primaria donde estudiaba tercer grado. Estaban armados y la sacaron de ahí junto con otros niños.

Entre las cosas que recuerda haber visto fue a una de sus primas obligada a abortar por un hombre vestido de militar. Esos recuerdos son muy confusos, como flashbacks. Ella recuerda que le dieron pastillas con agua. Cuando el efecto de las pastillas terminó, Rosa ya estaba en México. No lo dice abiertamente, pero fue vendida a una familia.

A 42 años de eso, Rosa Consuelo está muy enferma. Cree que la muerte la ronda y antes de que le llegue, quiere saber dónde están sus familiares. Por eso es que pidió ayuda al proyecto Puentes de Esperanza, del Movimiento Migrante Mesoamericano, para encontrarlos.

Por eso estamos aquí después de haber ido al Museo de la Memoria, a Probúsqueda, organización que se ha encargado de reunificar a niños robados durante el conflicto armado y a Maíz, donde se nos contó que una persona pudo encontrar a su familia al reconocer sus rostros en una pared.

Uno de los obstáculos que Rubén Figueroa se encontró en el camino es que no se cree, por falta de registros, que antes del conflicto armado haya pasado un episodio semejante como el que cuenta Rosa Consuelo. Lo que le pasó a ella fue en 1974. El conflicto armado comenzó en 1980.

Todo parecería un suceso descabellado, producto de lo traicionera que a veces es la memoria sino fuera porque Alfredo Vicente, del equipo Maíz, contó que por aquellos años Santa Cruz Michapa era un corredor de luchas campesinas cuyas escuelas eran de formación ideológica.

Para controlarlas, existió la Organización Democrática Nacional (ORDEN), que eran grupos de civiles armados —paramilitares, principalmente campesinos—del gobierno cuya misión era diluir todo lo que tenía que ver con el campesinado organizado que buscaba mejoras para su comunidad. Entonces cualquier tipo de organización popular era vista como comunismo. Y el ORDEN fue el encargado de administrar el terror por mucho tiempo.

“Por eso es que no parece descabellado. El robo de niños para desestabilizar comunidades comenzó por ahí de 1977…y se acrecentó con el conflicto pero no quiere decir que en aquel tiempo (1974) no haya existido el robo de niños administrado por militares, los entregaban a la Cruz Roja y luego eran vendidos…muchos de ellos han sido encontrados hasta en España”, comentó en una charla informal el mismo Alfredo Vicente.

La mamá de Rosa Consuelo es María Argelia Rodríguez Mejía. Sus hermanas son María Elena, Dolores. Sus hermanos Juan Pablo y Eduardo David. Todos originarios de San Miguel, El Salvador, pero criados en esta comunidad “donde había una cruz grande, un lago y una base área”.

Rosa Consuelo recuerda que en su casa sembraban café y que todos ellos vivían en una bajada, cerca de la cruz enorme. Entonces ella tenía 9 años.

El Salvador es un país territorialmente pequeño. Por las descripciones que dio Rosa Consuelo a Rubén: la cruz, el lago, la base militar lo más parecido es Santa Cruz Michapa, en donde estamos buscando y donde no tuvimos suerte de hallar a alguien con esos nombres.

Cantones dominados por pandillas. Desplazados y muertos

Antes de ir a Santa Cruz Michapa se vieron varios videos.

Uno llamaba la atención por su producción medio alarmista en la que se informaba de los desplazamientos forzados que han ocurrido en los cantones de Santa Cruz Michapa. En él, se entrevistaba a un policía, cuya toma sólo enfocaba su uniforme. El policía informaba que la zona estaba tranquila y que aquellos que se habían ido podían regresar a casa. Qué rara manera de dar confianza, pensé: un policía encapuchado al cual sólo se le escucha la voz.

En otro de los videos se hablaba del asesinato de cuatro jóvenes. Algunos pertenecían “a un grupo delincuencial”. Cuando los reporteros se acercaban a pedir informes a los policías, estos arrancaban. En otro, se hablaba de una familia que abandona su casa pero que deja al perro. En otros más se hablan de asesinatos, masacres de 4, 5 personas. Basta con googlear para entender que Santa Cruz Michapa es una zona donde abundan los asesinatos. Como en casi todo El Salvador. Hasta ahora su capital es la que tiene mayor índice de asesinatos: 90 por cada cien mil habitantes.

Un informe de ACNUR dice que el año pasado El Salvador tuvo no menos de 6 mil 670 homicidos, casi los mismos que tuvo en plena guerra civil (7,000) y casi el doble que el año pasado. Según el consejo Noruego, hasta 2014 ya habían 289 mil salvadoreños en situación de desplazamiento forzado. En el caso de Santa Cruz Michapa no hay una cifra concreta de desplazados, pero se sabe que se asesinan diariamente en promedio 5 personas.

Aquí el que no es pandillero debe estar atento a los movimientos de las pandillas. De esa territorialidad depende la vida que llevan. Alguien que viva en territorio 18 no puede pasar a territorio de MS y viceversa. Hacerlo es una sentencia de muerte.

Santa Cruz Michapa se divide en el cantón Delicias, que lo domina la 18 Sur. El Rosal, dominado por MS. Buenavista por MS. Ánimas 18-Sur. Michapita 18 Sur y Centro, MS.

Pero antes de que estos cantones estuvieran dominados por estas pandillas, no era así. La gente podía ir de un lado a otro sin ningún problema.

La gente cuenta que por estos territorios pasaban los guerrilleros que iban para la montaña a guarecerse de los ataques militares. El origen del pandillerismo, según la gente de por aquí, comenzó entre conflictos que tenían los Mau Mau con Los Rockeros a finales de los años ochentas. Estas pandillas se agarraban a golpes y a lo mucho, a botellazos. A los Mau Mau les gustaba vestir como cholos y a los rockeros de negro y cabellera larga. El odio no era nada comparado con el que se vive ahora.

Con las deportaciones que se vinieron después en el transcurso de esos años noventeros, fue que comenzaron a establecerse los Mara Salvatrucha 13 y el barrio 18 como pasó en casi todo El Salvador. Ambas pandillas, por sus tácticas sanguinarias terminaron quedándose con los territorios de las colonias.

Además, el conflicto de las pandillas les arrebató a su gente la palabra “mara” que significaba “camarada” o “grupo de gente”. Ahora es una palabra casi exclusiva de uso pandilleril. Nadie puede decir con desparpajo “mara” en voz alta sin que esta tenga un significado negativo.

Por si fuera poco, en 2004, luego de la toma del penal de Mariona a la que algunos pandilleros de la 18 la nombran como “la revolución”, los del barrio 18 terminaron dividiéndose en Revolucionarios y Sureños.

Sin embargo, hasta ahora en Santa Cruz Michapa, el conflicto pandilleril es sólo entre Letras y Números a secas. No hay gente de la 18 R rondando por acá.

Casas destroyer

El Salvador es un lugar donde puedes encontrar a Óscar Arnulfo Romero en todos lados. Santa Cruz Michapa no es la excepción. Hay varias pintas con su rostro encima de consignas de esperanza. Una me llama la atención, dice: La niñez nace para ser feliz.

Pienso en ello y en todos los niños que acabo de ver. Sujetos a la territorialidad de las pandillas y además a la dinámica de la identidad y de “ser alguien” que les ofrece. A la posibilidad de huir y quedarse. Quedarse ante el riesgo muy alto de volverse pandillero. Huir para salvarse de ser uno y migrar forzadamente para los Estados Unidos, donde les espera la industria del pollerismo, la desaparición y la extorsión administrada por los cárteles mexicanos.

Durante la búsqueda en el par de kilómetros, me he podido dar cuenta de algunas cosas. Los niños son de algún cierto modo vigilados por sus padres. Algunos maestros también están al pendiente de ellos. Pero con limitantes.

Se sabe que si en las escuelas primarias se empieza a notar el uso de señas, son castigados severamente por los que dirigen la escuela. Sin embargo, muchas veces no puede hacerse mucho.

—Se les dice que no es un juego. Uno trata de hacer su parte. Pero a veces uno debe cuidar no meterse tanto porque luego (los jóvenes) terminan convirtiéndose y uno termina teniendo problemas—me cuenta una maestra.

Ella también, como todos, debe cuidarse de no enseñar en una escuela cuya ubicación esté dominada por una pandilla contraria a donde ella vive.

Pero según un funcionario del ayuntamiento, quien pidió ser referido de forma anónima, dice que el fútbol, a veces, funciona como un gran remanso de paz. Existen dos equipos en la comunidad. Deportivo Santa Cruz y Juvenil Santa Cruz. El primero acaba de perder un campeonato contra Chalatengo; el segundo funciona como trampolín para los chicos que quieran jugar profesional.

Y es de los pocos lugares, según dice, donde dos pandilleros de diferente pandilla pueden convivir sin matarse. Cuando juegan olvidan el odio: dejan de jugar y vuelven a odiarse. Pero quién sabe. Suena exagerado en un contexto como éste.

El funcionario me cuenta sobre ello justo cuando hace unos 10 minutos acabo de ver lo que solía ser una casa “destroyer”. Una casa donde pandilleros llevan a sus víctimas para torturarlas y matarlas. Por supuesto que nadie debe acercarse. Mucho menos, tomarle fotos.

Hacerlo significaría que en cuestión de minutos, los pandilleros salgan de los escondrijos y te asedien. ¿Qué haces ahí? ¿quiénes son ustedes? Serán las preguntas, sí, serán preguntas si hay suerte. Ellos rara vez hacen preguntas. Matan y ya. Es su barrio y no dejarán que unos extraños hagan algo que rompa las reglas que ellos impusieron. Por eso, matan y a lo que sigue. ¿Quién los va a detener?

Un lugareño comenta que una vez, un guatemalteco que pasaba en su auto por estas calles, bajó a orinar dejando a su hijo pequeño en el portabebé. Cuando se dio cuenta, los pandilleros ya lo habían rodeado. Le quitaron el auto pero “afortunadamente” le dejaron al hijo.

“Muchas veces no se tientan el corazón como lo hicieron con él ese día” dice.

Búsqueda fallida

Hemos caminado por lo menos unos 2 kilómetros preguntando por cada persona de apellido Mejía en la zona. Sin éxito. Ninguno de ellos recuerda haber perdido a una mujer de nombre Rosa Consuelo a manos de militares.


Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y la siguiente frase: “Este trabajo forma parte del proyecto En el Camino, realizado por la Red de Periodistas de a Pie con el apoyo de Open Society Foundations. Conoce más del proyecto aquí: enelcamino.periodistasdeapie.org.mx”



Juan E. Flores Mateos

Aprendiz de reportero en Veracruz. No va al Café de la Parroquia a levantar declaraciones, mucho menos a tomar ese café. No se mancha los zapatos porque siempre usa tenis. Reportea en bicicleta para ahorrarse los viáticos que los medios locales no quieren pagar. Nunca ha sido de los que tienen el contacto del gobernador en su celular.